Un ingeniero de Claude explicó que la mayoría usamos la inteligencia artificial mal, o sea, para hacer lo mismo de siempre, pero más rápido.
Por ejemplo, escribir un mail, resumir un texto o armar una presentación.
Él divide las formas de aprovechar la IA en cuatro: velocidad, altura, profundidad y alcance.
La velocidad es la que ya conocemos todos: hacer las cosas más rápido.
La segunda es la altura: pensar en el objetivo, no solamente en la tarea. Imaginate que tenés que preparar una presentación con los resultados de tu empresa. Lo que haríamos todos es pasarle la info a ChatGPT y pedirle que arme las diapositivas. Pero ¿y si en lugar de eso le pedís que analice qué cambió, qué problemas hay y qué decisiones convendría tomar? Ahí ya no le estás exigiendo solamente una presentación, sino que te ayude a entender qué hacer con esa información.
La tercera es la profundidad: pedirle que trabaje como lo haría un verdadero especialista. Y ojo, no sirve decirle “actuá como un experto”. La idea es decirle que use los métodos, las herramientas y los datos que utilizaría alguien que realmente sabe del tema.
Y la última es el alcance: combinar distintas miradas. Por ejemplo, para analizar los resultados de una empresa, podés pedirle que los mire como lo harían un analista, un periodista o incluso un inversor que está buscando problemas.
La revolución que genera la IA no se trata de hacer las cosas más rápido, sino de animarnos a hacer cosas que antes jamás nos hubiéramos imaginado que fueran posibles.