Hola
@Tuit_Lone_Star. Buenos días. A mi eso de abrir cráneos para ver qué ocurre ahí dentro me parece una idea fantástica. El suyo es el que tengo más a mano, así que permítame, por favor. Sólo tiene que quedarse quieto, será un momentito. Tranquilo, que no duele.
Los demás, acérquense, por favor, que esto es muy interesante. Fíjense en este espécimen de homínido:
No puede dormir. Eran las cuatro de la madrugada cuando escribió eso. Por tanto, inferimos poca luz, probablemente luz azul de la pantalla del móvil, que está a unos centímetros de su cara. El sujeto no lo sabe, pero la luz azul del móvil está avisando al hipotálamo de que es de día, así que la pineal deja de segregar melatonina. Este es el motivo de las gafas amarillas de Marcos Llorente. Cada minuto que pasa, nuestro homínido tiene menos sueño, y probablemente tenga que recurrir al onanismo para conciliarlo finalmente.
Mientras todo esto pasa sin que él se dé cuenta, va recorriendo Twitter buscando dos cosas: confirmación a sus creencias y enemigos. La primera le da dopamina, la segunda adrenalina. El algoritmo de Twitter lleva años observándolo, sabe exactamente qué le hace responder y qué le hace insultar, y se lo va entregando, en la dosis exacta que hace que ni se aburra y se marche, ni se enfade y se marche. Él cree que está leyendo textos al azar, pero en realidad lo están alimentando. En un momento dado el algoritmo le pone delante un textito mío que cuestiona los estudios sobre cambio climático, le salta la alarma, y lo que ocurre entonces en ese cerebro es absolutamente fascinante:
Lee el texto, usando el mismo sistema que cualquier otro individuo de su especie, pero, un milisegundo después, cuando esas palabras chocan con algo que tiene guardado como su propia identidad, reacciona de forma agresiva. Insulta. Quiere hacer daño. Se le activan la amígdala y la ínsula. Son las mismas estructuras que se activan ante un depredador. Su cerebro no ha registrado ni un solo dato. No. Ha registrado "peligro".
El hipotálamo da la orden de soltar un poco de adrenalina. El corazón se acelera, las pupilas se dilatan, la sangre va a los músculos. Es la misma respuesta que permitía a sus antepasados escapar de un leopardo en un árbol, pero el leopardo en el árbol de este sujeto ha sido un tuit. La parte del cerebro que podría haber parado todo esto, la corteza prefrontal, la que es capaz de razonar y preguntarse si el otro tiene razón, no ha intervenido. Con la adrenalina alta y sin sueño, esa región del cerebro se apaga. No es maldad. Es que no había nadie al volante.
Y fíjense en su respuesta. No ha respondido al agrumento, porque el argumento nunca llegó a una zona del cerebro capaz de leerlo. Ha respondido atacando. Es territorialidad pura. Es el babuino que no puede ganar una pelea y enseña los colmillos. Y otra cosa muy interesante es que no me ha llamado "hijo de puta fascista", que es la reacción normal. Me ha dicho que no tengo neuronas. Es decir, lo que ha dicho es "si no piensas como yo, es que no eres inteligente". Para este cerebro la posibilidad de estar equivocado no existe como opción, así que la única explicación disponible para el desacuerdo es un defecto en el otro. Los psicólogos llaman a esto "realismo ingenuo": yo veo la realidad, y quien no la ve como yo es que no ve. No hay reacción más primate. Es interesantísimo.
Cuando me ha insultado y le ha dado a "publicar", su cerebro le ha dado un premio de dopamina anticipando la aprobación de la manada. Algún like caerá, o por lo menos molestará. Había un psicólogo de Harvard que adiestraba palomas con ese mismo mecanismo. Lo explican muy bien al principio de una de mis películas favoritas, Las Posibles Vidas De Mr.Nobody. Skinner, el psicólogo este, descubrió que si le daba comida a las palomas cada minuto, sin que dependiera de nada de lo que ellas hicieran, cada paloma acababa repitiendo lo que estuviera haciendo justo cuando cayó la comida en el comedero: una giraba sobre sí misma, otra picoteaba una esquina, otra movía la cabeza, y a partir de ahí lo repetían convencidas de que el gesto era lo que les daba la recompensa. Skinner lo llamó superstición de la paloma. Twitter es exactamente eso: una caja con un botón que a veces da premio y a veces no. Seguramente el espécimen escribió alguna vez un insulto sobre la inteligencia de alguien y le cayeron diez o doce likes, y desde entonces está repitiendo la misma conducta en busca de dopamina. Si tuviera que apostar, me jugaría 100 euros a que es un comportamiento habitual en él y desde hace años.
¿Mi diagnóstico? homínido adulto que lleva tantos años dejando que la amígdala y el algoritmo tomen las decisiones que la parte que piensa se ha quedado como un músculo fofo, sin entrenar: existe, pero ya no aguanta el peso de un argumento. No es tonto. Es algo peor, es un sujeto que en lugar de pensar, reacciona, porque reaccionar le da premio y pensar no. Mi pronóstico es que seguirá picoteando la esquina.
Y hasta aquí mi observación. Ya está,
@Tuit_Lone_Star, hemos terminado. Ya puede moverse. ¿Ve? ¿A que no ha dolido? Se lo dije. Le deseo que pase usted un muy bonito día de sábado, y gracias por prestarse al experimento. Un abrazo, amigo.