Desde que Godzilla apareció en 1954, convertido en una poderosa metáfora de la era atómica japonesa, el cine y los videojuegos han explotado una idea irresistible: la radiación puede crear monstruos gigantes, superpoderes o mutaciones espectaculares. Hulk, Fallout y decenas de historias posteriores heredaron esa misma fantasía, aunque la biología real funciona de una forma muy distinta.
La radiación ionizante tiene energía suficiente para alterar moléculas y dañar el ADN, pero no “añade” genes nuevos ni dirige una transformación hacia organismos más grandes, fuertes o complejos. Puede actuar directamente sobre el ADN o hacerlo de forma indirecta al ionizar el agua de las células y producir radicales libres extremadamente reactivos.
Cuando el daño es intenso, la célula puede dejar de dividirse o morir. Cuando consigue sobrevivir, sus sistemas de reparación intentan recomponer el ADN y, en ocasiones, quedan alteraciones permanentes. La mayoría de esas mutaciones no aporta ninguna ventaja; muchas son neutras o perjudiciales y algunas, si afectan a genes que controlan el crecimiento, la división o la reparación celular, pueden contribuir al desarrollo de un cáncer.
La evolución tampoco funciona como una mutación instantánea provocada por una gran dosis de radiación. Las mutaciones aparecen en individuos y solo si son heredables y ofrecen alguna ventaja pueden aumentar su frecuencia en una población a lo largo de muchas generaciones.
Godzilla sigue siendo una extraordinaria metáfora cultural del miedo nuclear, pero la radiación real no fabrica superhéroes ni monstruos: puede romper moléculas, matar células o introducir cambios genéticos cuyo resultado depende del tipo de daño y de cómo consiga repararlo la célula.