En 1927, Juan Rulfo tenía diez años y estaba interno en un orfanato de Guadalajara cuando murió su madre. No lo dejaron ir al entierro.
Cuatro años antes, en junio de 1923, a su padre lo habían matado por la espalda en el sur de Jalisco, por una disputa de ganado que se metía en sus tierras. El niño tenía seis años.
La familia se refugió en casa de la abuela, en San Gabriel. Cuando la persecución religiosa cerró el colegio y la parroquia, el cura dejó su biblioteca a cargo de la abuela, y Juan se pasó los días leyendo todo lo que había allí.
Después lo mandaron con su hermano Severiano al Instituto Luis Silva, un orfanato que él recordaba como una especie de correccional. El 27 de noviembre de 1927 murió su madre, y ninguno de los dos hermanos pudo despedirse de ella. Con diez años, Juan ya era huérfano de padre y madre.
De aquellos años habló pocas veces, y siempre con la misma amargura: «Lo único que aprendí fue a deprimirme».
Años después trabajó en oficinas de migración, vendió neumáticos y se hizo fotógrafo. Y en 1955 publicó Pedro Páramo, la historia de un hijo que va a Comala a buscar a un padre que nunca conoció y se encuentra un pueblo lleno de voces de muertos.
Un libro corto que hoy se lee en medio mundo.
A mí lo que más me conmueve es que el niño al que nadie le explicó por qué se había quedado solo escribió el libro que mejor habla con los muertos.
En estos días de ofrendas, Rulfo dejó la suya escrita.