Me acabo de quedar helada. Hay casualidades que parecen guiños del destino, de esas que te hacen preguntarte si el azar juega a los dados o si los dioses, de vez en cuando, se permiten susurrarnos algo al oído.
Estaba jugando con mi hija a Caperucita. El lobo se había metido en la piel de la abuela y nosotras repetíamos el ritual de sus ojos, su nariz, su boca. El cuento de siempre, ese en el que el peligro se disfraza de alguien que debería inspirarnos confianza.
Después fui a la cocina, cogí Ruas, de mi gran amigo Lalo Vacas, un libro de frases extraídas al azar de crucigramas de periódicos, y abrí una página con el dedo, a ciegas.
Y justo leí:
«La abuela de Caperucita iba a convocarte a colosales escollos. Huid del país».
¿Cómo puede ser? Entre tantas páginas, tantas palabras, tantas frases, mi dedo aterriza precisamente en Caperucita, segundos después de haber habitado ese cuento con mi hija. ¿Qué clase de azar te devuelve, como un espejo, la escena que acabas de vivir?
Y entonces pensé en el lobo. En los lobos que ya no necesitan colmillos a la vista, porque han aprendido a vestirse de abuela. En los bosques donde la libertad se va apagando sin que nadie quiera reconocer los primeros árboles caídos.
El lobo acecha. Viene el fascismo. Huid.
¿A dónde nos vamos? ¿Qué país nos queda cuando los cuentos dejan de ser cuentos y los monstruos empiezan a gobernar el bosque?
Quizá México. Sus montañas, su espíritu libre, mis hermanas del alma, el cine, la creación, la posibilidad de volver a empezar.
Porque si el mundo insiste en convertirse en una distopía, que nos encuentre bailando descalzas, creando belleza y enseñando a nuestros hijos a reconocer al lobo, aunque lleve la cara de la abuela.
Y, sobre todo, a no confundir nunca la obediencia con la paz ni el miedo con la resignación de aceptar como inevitable un mundo que aún estamos a tiempo de cambiar.