No me canso de decirlo:
A los programadores nos han arrancado de cuajo nuestra identidad de la noche a la mañana.
Que sí, que soy el primero en usar Codex o Claude Code.
Que sí, que shippear features a toda hostia, con las que antes ni soñabas, es dopamina por un tubo.
El problema no es el avance en sí, toda profesión evoluciona con el tiempo.
Pero es que en cuestión de 18 meses, todo lo que habías aprendido durante años, miles de horas de práctica, cientos de horas de estudio dentro y fuera del trabajo, se han esfumado.
Ya dan igual las discusiones sobre patrones de diseño.
Ya dan igual los libros de Uncle Bob.
Ya dan igual las noticias con las novedades en Swift.
Ya dan igual las horas debuggeando o resolviendo un problema que acababan en ese aha moment.
Hasta nos divertíamos cambiando el tema de colores del código.
Ya hace muchos meses que no toco una sola línea a mano, así que ya ni eso nos queda.
Nos hemos quedado sin identidad.
Como decimos en Galicia: A chorar a Cangas (supongo)
No había visto el impacto psicológico que puede tener la IA en los trabajadores hasta anoche, hablando con un amigo.
Un tío muy inteligente que en los últimos años había virado hacia la programación (desde el mundo del VFX) se encuentra con que el trabajo de meses lo ha sacado adelante otra persona del equipo en un día, reemplazando su trabajo previo.
La sensación de sentirse obsoleto de golpe lo dejó tiritando. No es solo el miedo a perder el trabajo, sino el sentir que años de esfuerzo por aprender se han ido por el retrete.
Y como guinda del pastel, perder algo que tanto placer intelectual le daba como programar.
Se me ha quedado el pobre hombre más vacío que una cáscara de pipa.