Amén, Matías
Entre todas las imágenes y los testimonios desgarradores que hemos vuelto a ver con este accidente, lo que ayer me atravesó el cuerpo fue una metáfora que leí por aquí: la España próspera en la que nos hicimos adultos es una estrella que ya se apagó, pero cuya luz todavía nos alcanza. Seguimos andando a la luz de algo que ya no existe. Y esa sensación de avanzar por inercia se agudiza cada vez que cojo el coche y me pregunto cuándo van a arreglar los baches que han dejado estos años de lluvia, cuándo van a retirar las cañas que atascan los arroyos y los desbordan, cuándo van a limpiar unos montes que están a un verano de arder por completo. Cien días estuvimos sin trenes a Madrid porque se vino abajo un talud en Málaga. Nos reprochan que saturamos las urgencias, pero conseguir cita con el médico de cabecera lleva, de media, más de una semana. El deterioro no es una impresión: se toca con las manos, y está en todas partes.
Por eso hoy me cuesta empatizar con un ministro cuyo primer gesto es culpar a un operario y filtrar los audios. También con el discurso simplista de que el deterioro lo trajo la liberalización de la red, cuando lo que se está deteriorando es el país entero. Llevo en Twitter más tiempo que los bots, así que de sectario poco: soy uno más de los que están cansados de una gestión pública partidista, se apellide el gestor Mazón o se apellide Puente. Hace tiempo que la estrella se apagó y lo que nos queda es la luz; y la luz, si no hacemos algo entre todos, también se acaba.