🔊 Lo que no quieres escuchar.

Colombia
Pruebas para unos, condenas para otros Por: @ramondelosrios Presuntamente, Abelardo de la Espriella tiene nexos con el narcotráfico; presuntamente, Verónica Alcocer transportaba drogas en vuelos oficiales y su entorno estaría relacionado con el tráfico de armas; y presuntamente, Gustavo Petro tiene problemas de adicciones y habría negociado con paramilitares para acusar a opositores, entre otras acusaciones. En las últimas semanas, de eso se ha tratado la política colombiana: de acusaciones de lado a lado. En el caso de los presuntos nexos del actual presidente con el narcotráfico, fue el senador y excandidato presidencial Iván Cepeda quien los denunció. En el caso de Alcocer, fue su exasesora y antigua amiga Eva Ferrer; y en el caso de Petro, una lista más amplia de personas. El punto al que quiero llegar es: ¿hasta qué punto volvimos común que los políticos de Colombia sean señalados por presuntas conductas de esta gravedad? Y digo común porque parece que ya no nos escandaliza. Parece que simplemente descartamos las acusaciones por afinidad política, con el argumento de «¿dónde están las pruebas?». Y las acusaciones, por graves que sean, se toman más como un arma política, como un titular de prensa, pero no con el fondo y la seriedad que deberían. Y pues sí, somos un país que aún debate si en el Proceso 8000, en el que se investigó la financiación de la campaña del expresidente Samper con dineros del narcotráfico, este tuvo conocimiento de lo ocurrido. Somos un país que aún debate si Uribe tenía o no nexos con los paramilitares. Somos un país que aún debate qué significan las menciones a Iván Cepeda en los computadores del excomandante de las FARC Raúl Reyes. Las acusaciones contra los políticos de nuestro país están tan relacionadas con la violencia, la ilegalidad y los grupos armados que, al final, sean ciertas o no —cosa que en ocasiones parece imposible saber—, la sensación que queda es que la ilegalidad parece permearlo todo y que la política parecería más bien un espacio de disputa entre grupos armados que entre ciudadanos que buscan representar los intereses de una nación. A mí, la verdad, me duele, me da ansiedad, me angustia. Es como si tuviésemos una condena enorme, como si nuestras cadenas de violencia nunca nos soltaran. Y en medio de eso, pues da miedo, un miedo enorme de entrar a la política con la aspiración de disputar ideas, visiones y propuestas, y más bien terminar sentenciando el final de la vida, no solo política, sino física de uno. Entre tanto, frente a ciudadanos y ciudadanas que, sin mayor criterio, se dedican a defender irrestrictamente a políticos, sin cuestionar, sin exigir respuestas, sin al menos aterrar­se de esa realidad que nos escupe y se burla de nosotros, elijo el camino de la desesperanza. Me pregunto cuándo será el día en que Colombia se unirá para exigirle cuentas al poder sin distinción.
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Jugando a ser Herodes Por: @danysernam Estas últimas semanas hemos visto cómo algunos políticos han convertido las cámaras en una nueva herramienta para ejercer sus cargos. El presidente, con su papel de Max Steel, y el concejal @AlejodeBedout, que parece querer imitarlo (¡qué poca originalidad!), han encontrado en los operativos policiales una oportunidad para producir contenido. Una producción que debe requerir horas de grabación, edición, efectos especiales y postproducción. Todo para transmitirnos dos mensajes: primero, que veamos cómo hacen su trabajo; y segundo, que nos emocionemos con su papel de justicieros y defensores de la sociedad. Sobre ambos tengo algunas preguntas. Empecemos por la primera: ¿es este el trabajo de estos servidores públicos? El presidente tiene la responsabilidad de dirigir la Fuerza Pública, liderar la política de seguridad y mantener el orden público. Puede dirigir operaciones y exigir resultados, pero eso no significa que le corresponda investigar delitos o decidir quién es culpable. Para eso existen la Fiscalía y los jueces. El concejal, por su parte, debe trabajar por su municipio y ejercer control político a la administración. Convertirse en protagonista de operativos policiales tampoco hace parte de sus funciones. Nuestra Constitución establece competencias distintas para las autoridades. Que el presidente dirija la Fuerza Pública no lo convierte en fiscal o juez, así como el concejal no es un agente de seguridad. Y aquí cabe otra pregunta: ¿qué tanto de ese papel de justiciero se traduce en trabajo propio y resultados concretos? Porque una cosa es aparecer frente a las cámaras señalando culpables y otra asumir la responsabilidad de investigar, documentar y llevar las denuncias ante las autoridades. No basta con aprovechar investigaciones que ya están en curso para construir una imagen de defensor de la ciudad. Eso es, precisamente, ganar indulgencias con padrenuestros ajenos. Pero hay algo más preocupante que el tiempo que dedican a estas actuaciones y aquí va mi segunda pregunta ¿Qué estamos celebrando de ellas? Quiero ser clara: no estoy en contra de las capturas. Quiero que quienes cometen delitos sean identificados, capturados y llevados ante la justicia. Las víctimas merecen respuestas y los ciudadanos necesitamos seguridad. Pero exigir resultados contra la criminalidad no significa aplaudir cualquier comportamiento de quienes ejercen la autoridad. Lo vergonzoso es ver a un servidor público comportándose como un niño bully, creyendo que intimidar y ridiculizar a alguien que está esposado lo hace más grande. No hay ahí ninguna altura ni muestra de autoridad. Y quizás lo más preocupante es que haya ciudadanos que lo celebren. ¿Que un funcionario se burle de alguien que no puede responderle? ¿Que lo provoque mientras está rodeado de hombres armados y bajo custodia? ¿Que aproveche ese momento para exhibirlo frente a las cámaras? Eso no es valentía, ni carácter, ni justicia. Es aprovecharse de una posición de poder para humillar a alguien que está en desventaja. Y no se trata de tener consideraciones especiales con quien ha cometido un delito, ni de restarle gravedad a sus actos. Se trata de entender que para eso existe un sistema de justicia. La Constitución y el derecho penal establecen un procedimiento y unas autoridades con funciones específicas: la Fiscalía investiga, con apoyo de la policía judicial; los fiscales presentan las acusaciones y los jueces deciden. Una captura no es una condena. Después vienen controles judiciales, audiencias, pruebas, una defensa que puede controvertirlas y una decisión de un juez. No necesitamos que un político haga de fiscal, juez y verdugo frente a una cámara. El artículo 29 de nuestra Constitución establece el debido proceso y la presunción de inocencia. No son garantías que se conceden. Son reglas que obligan al Estado a actuar dentro de la ley, incluso cuando enfrenta a personas acusadas de los delitos graves. El artículo 1, por su parte, establece que la dignidad humana es uno de los fundamentos de nuestro Estado social de derecho. Los derechos no son un premio. Son límites al poder del Estado. Por eso el artículo 12 prohíbe los tratos crueles, inhumanos o degradantes, y el artículo 188 le recuerda al presidente que representa la unidad nacional y debe garantizar los derechos y libertades de todos los colombianos. De todos. Necesitamos un Estado que capture delincuentes, desarticule estructuras criminales y les dé respuestas a las víctimas. Que entienda que la autoridad no necesita humillar y que la justicia no se construye con espectáculos. Porque estamos confundiendo la justicia con la venganza y la autoridad con el bullying. Y jugando a ser Herodes, algunos parecen haber olvidado sus funciones. Tal vez, desde hace dos mil años, algo no cambia: ¡Pan y circo señores!
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Ahí viene el gober Por: @palaciotamayo Ahí viene el ‘gober’ … a decir, otra vez, que los mentirosos somos nosotros. En la campaña a la gobernación de Antioquia, el entonces candidato Andrés Julián Rendón, asistió al debate con mayor alcance, organizado —entre otros— por el periódico El Colombiano. Allí preguntaron “¿usted acudiría al mecanismo de plusvalía o valorización para terminar las vías o hacer algunas nuevas en el departamento? Sí o No. Él, muy hábil, a sabiendas que una respuesta afirmativa le costaría capital electoral, sacó la paleta del ‘No’. Ahora sabemos que su gobernación presentó un nuevo proyecto de valorización que afecta, entre otras regiones, a varios municipios del Oriente antioqueño. Como si nada hubiera pasado, el señor gobernador viene a pedir el respaldo ciudadano por el Área Metropolitana del Oriente antioqueño, que pretende articular 8 municipios del Valle de San Nicolás, excepto Marinilla. Yo genuinamente considero que las figuras supramunicipales son útiles para atender aspectos y problemas comunes: movilidad, ambiente y algunos aspectos de ordenamiento territorial. Pero también creo que la utilidad teórica de una figura como esa no es suficiente razón de su conveniencia. En el Oriente han hecho falta claridades sobre aspectos fundamentales como la gobernanza de esa misma entidad: su costo burocrático, la concentración del poder en los clanes políticos de turno y el peso de las decisiones sobre los municipios más pequeños. Pero además, no han dado razones sobre qué nos une o que nos mueve. La pedagogía hecha con recursos públicos se puede resumir en: voten por el Sí, porque sí, porque somos nosotros quienes ostentamos el poder y decimos que debe ser así. Una de las razones que se impulsa para promover el Área Metropolitana del Oriente es una mejor articulación en la movilidad. Pero, si en algo hay consenso en esta región, es que es urgente que el Gobierno Nacional vuelva a concesionar las vías que hasta hace poco tenía Devimed. Solo así —y sumándole la Medellín-Bogotá— se podría hacer una vía digna que conecte las dos capitales más importantes del país. Para eso, no se requiere del Área. En materia de ordenamiento territorial, el espejo del Valle de Aburrá es ilustrativo: la existencia del Área no garantizó que los POT se conversaran armónicamente, ni convirtió a municipios como Sabaneta o Bello en modelos de planificación urbana. El crecimiento acelerado llegará al Oriente con o sin Área Metropolitana; la diferencia es que con ella sumaremos una pesada estructura burocrática sin garantías de mayor orden. Mi papá repetía con frecuencia una frase: “Si te engañan una vez, la culpa es del otro; si te engañan dos veces, la culpa es tuya”. Ahí viene el ‘gober’ a prometernos que esto no traerá nuevas cargas ni riesgos para la autonomía local. Ya nos mintió una vez; dos veces no lo hará. Por eso, el próximo 21 de noviembre, votaré NO al Área Metropolitana.
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Mire pa’l frente, presidente Por: @juancarbolivar Se agota el espejo retrovisor. Se agota la narrativa. Y se agota, más rápido de lo previsto, la luna de miel de un Gobierno que llegó a la Casa de Nariño por un margen estrecho, de esos que no dan para gobernar con soberbia. Conviene recordar quién inclinó la balanza. Si alguien hizo la diferencia en la victoria de Abelardo de la Espriella, fueron las clases medias: las que madrugan, pagan impuestos, sostienen el consumo y votaron hartas de cuatro años de improvisación. Hoy son precisamente ellas las que aparecen como las grandes perjudicadas de la Ley de Rescate. Curiosa forma de corresponder a sus votantes. Se prometió estar “firmes por la patria” y, sobre todo, “mano dura” contra los delincuentes. La realidad es otra: rebajas de penas, un Ministerio de Defensa desfinanciado y un presidente que juega a disfrazarse de uniformado, con walkie-talkie en mano, pero sin pilas. Mientras tanto, las Fuerzas Armadas son azotadas por el crimen organizado, con la inteligencia sin recursos, sin equipos antidrones y con la población civil, otra vez, atrapada en medio del conflicto. La mano dura se quedó en el afiche que mandó a hacer con IA @Carlossuarezr. Y cuando se le reclama, la respuesta es siempre la misma: “Ay, es que los últimos cuatro años…”. Esa excusa no resuelve un solo problema del presente. Ya sabemos el desastre de Petro y Germán Ávila en el Ministerio de Hacienda. Ya sabemos el fracaso de la Paz Total de Petro e Iván Velásquez. Ya sabemos la crisis de la salud que dejaron Petro y Guillermo Alfonso Jaramillo. Ya sabemos de las Julianas Guerrero y de escándalos de corrupción como el de la UNGRD. Lo sabemos porque lo padecimos durante esos mismos cuatro años, incluso más que el candidato que apareció un año antes de las elecciones a anunciar que “salvaría la patria”. El diagnóstico lo escuchamos hasta el cansancio en campaña, y en casi todo estamos de acuerdo. Pero un diagnóstico sin tratamiento no cura a nadie. Para comentar diagnósticos del gobierno anterior ya estábamos los columnistas, al presidente (se supone) lo eligieron para sacarnos de este hueco. Lo preocupante es que el Gobierno tampoco parece muy interesado en hacer lo que toca. El presupuesto se cayó en el Congreso y terminó expedido por decreto. Se cayeron las adiciones para el ICETEX. Se perdieron tres billones de pesos que iban a financiar el sistema de salud. La Ley de Sometimiento se radicó tarde. La Ley de Rescate se radicó tarde, y ahora tendrá apenas un mes para su trámite antes de que cierre la legislatura. Eso no es mala suerte: es mal timing. Y el tiempo en política es el recurso más escaso. Por estar mirando hacia atrás, se les está pasando el reloj. Y si no miran al frente, van a terminar estrellándose antes de cumplir siquiera seis meses en el poder. Ya vimos esa película: Petro gobernó cuatro años con los ojos clavados en el retrovisor, se le acabó el tiempo y su mayor legado terminó siendo la inoperancia. Este Gobierno juró que llegó para cerrar ese capítulo, y va camino de escribirle la segunda parte. Nadie le está pidiendo a @ABDELAESPRIELLA que arregle en tres meses lo que Petro dañó en cuatro años. Se le exige que comience, que radique a tiempo y que haga la tarea de construir mayorías en el Congreso con propuestas claras y diálogo con las bancadas. La crisis heredada explica el tamaño del hueco, pero cada semana perdida ya corre por cuenta de quien está gobernando. La patria que prometieron salvar no se rescata con disfraces ni con milagros, se rescata gobernando. Mire pa’l frente, presidente. Que el retrovisor ya no da para más.
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Guerras, constituciones y acuerdos Por: @Juanmigo08 La historia de Colombia, como la de casi cualquier lugar en el mundo, se cuenta por los ríos de sangre derramada, las cenizas de lo que alguna vez alguien llamó su casa y los hijos a los que la violencia les arrebató sus padres. Es particularmente lamentable que esa tormenta de horrores tuvo simultáneamente a los mismos coterráneos como víctimas y victimarios: las guerras civiles tienen esa particularidad, el enemigo en el frente de batalla suele ser aquel vecino, viejo amigo e incluso familiar con el que se convive hasta unas semanas antes. Desde el grito de independencia hasta el Frente Nacional hubo once guerras civiles y quince constituciones. La tendencia era promulgar una nueva constitución al cese de una guerra civil, en un ciclo caótico de vencedores imponiendo su “única verdad” y de vencidos empezando una nueva guerra con sed de venganza. Acertadamente Hernando Valencia Villa nombró este fenómeno como Cartas de Batalla, que tuvo su último engendro en la Constitución regeneracionista de 1886, que a pesar de sus más de sesenta reformas era tan perversa que terminó ahorcándose a sí misma con el estado de sitio que posibilitó el escrutinio de la famosa séptima papeleta en las presidenciales de 1990. Producto de esa manifestación de rebeldía, resistencia y valentía, en una de las épocas más cruentas y oscuras del país, llegó la Asamblea Nacional Constituyente. Había una alta expectativa por su promesa de ser la movilizadora del cambio social que desterrara a Colombia de su maldición rabiosa, pero también orbitaba una fuerte preocupación al no quedar del todo claro quienes iban a jugar de sumisos y quienes de impositores. La posteridad terminaría constatando que la Constitución del 91 abrió un nuevo camino de paz y resignificación, y que ese resultado fue fruto precisamente de la ausencia de la imposición de una fuerza política sobre las demás. Ante la falta de una mayoría capaz de decretar el futuro de la nación se tuvo que recurrir a la deliberación, y de ello, hoy no existe una Constitución de vencedores contra vencidos sino una Carta Magna construida entre distintos. Como sello de un acuerdo que el país en sus noches más oscuras tuvo, quedará la foto de la presidencia tripartita que esa Asamblea albergó. Hoy, que yacen sus tres protagonistas bajo el sepelio de los valientes, no queda más que recordar que la política del consenso es el fundamento de una democracia que reconoce en la diferencia una condición de su existencia y no una amenaza que deba eliminar.
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Las amigas en la gran ciudad Por: @GouffrayMaria Encontrarse con las amigas en ciudades monstruosas como Bogotá es todo un reto. Que la una vive en el norte, la otra en el sur. Que el trabajo, el trancón, el Transmilenio… En últimas, cuando eres una señora sin acceso a espacios de socialización como el colegio o la universidad, mantener la amistad requiere mucha fuerza de voluntad, y a menudo se convierte en una misión imposible. La lluvia, los charcos y el humo agrandan la distancia y, eventualmente, terminan corroyendo vínculos que requieren cuidado para sobrevivir. Con el tiempo, las señoras nos vamos acostumbrando a la soledad: las amigas se pierden entre recuerdos y mensajes a medio leer, los encuentros se van espaciando, y así va creciendo la distancia. Pero lo que me parece aún más asombroso es que el frío de la gran ciudad también se cuele en el barrio: ¿Cómo es posible que con las amigas que viven cerca impongamos distancia? ¿Por qué no nos conocemos entre vecinas? ¿Qué explica que no construyamos redes de cuidado para los hijos, las hijas y los animales que nos acompañan? ¿Siempre ha sido así? La respuesta a estas preguntas, como siempre, es histórica. Todo parece haber empezado con la industrialización y esa separación de espacios que tanto ha obsesionada a las teóricas feministas, desde Silvia Federicci hasta Joan Tronto: el hogar – la fábrica – la escuela – la plaza. Dejar atrás la vida rural y esa cotidianidad de arar, sembrar y cultivar en comunidad, implicó una fragmentación de redes de cuidado que estaban ahí para los más pequeños… Pero también para nosotras: para compartir el tiempo y el espacio, brindarnos cariño, escucha y palabra. Theodore Zeldin, Phillippe Aries y Sigmund Bauman también han analizado esta profunda transformación histórica: pasamos de vivir en clanes, comunidades religiosas o familias grandes en las que los vínculos sociales eran estrechos y duraderos porque estaban determinados por la necesidad, la religión y la política, a vivir en comunidades liquidas[1], basadas en la gratificación individual. Como resultado, la amistad se ha vuelto frágil, pues carece de un marco institucional o político que la sostenga… En últimas, ha quedado supeditada a la volatilidad del deseo. Así las cosas, hoy vivimos en ciudades grandes, bullosas y llenas de personas, pero solitarias, cuyo sentido de comunidad se ha replegado a abstracciones como el “Estado” y el “mundo”, mientras los lazos comunitarios más tangibles y cercanos: la vecindad, el barrio, la familia y las amigas, desaparecen. En Estados Unidos, ya le dieron nombre a este fenómeno: la epidemia de la soledad y el aislamiento, y han identificado que afecta a la mitad de la población. Dispara los casos de ansiedad, depresión y demencia, aumenta el riesgo de enfermedades cardiacas en un 29%, el riesgo de sufrir accidentes cardiovasculares en un 32%, y está asociada con un menor desempeño académico y laboral[2]. Aquí en Colombia estamos atravesando la misma crisis: el porcentaje de personas que viven solas viene creciendo de forma sostenida y según datos del DANE el 34.7% de los adultos no cuentan con redes de apoyo, lo que, según los resultados de las encuestas, se traduce en mayores niveles de tristeza y sinsentido. Estos estudios demuestran que el agua moja: que nos necesitamos las unas a las otras en el día a día, que, como diría Aristóteles, somos animales sociales. Y en efecto, basta con observar a nuestros primos del reino animal: comparten la comida, las angustias y las alegrías, se limpian los mocos, se abrazan y se quitan los piojos. Que este sea pues, queridas lectoras, un llamado a volver al pasado. A dejar la puerta de la casa abierta, compartir el azúcar con la vecina, pedirle favores a la amiga, pasar por un tinto a las tres, ponerse cita para la telenovela, sentarse a leer en el parque, incomodar a la otra e incomodarse a una misma… Sólo así podremos recomponer esa cotidianidad en comunidad que nos es indispensable para vivir.
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¿Todos por Medellín? Por: @MachadoRold El pasado viernes, un juez penal del circuito de Medellín revocó la casa por cárcel de Miguel Quintero Calle y ordenó que cumpla la medida de aseguramiento en un centro carcelario. Desde entonces hay más de uno ganándose indulgencias con padrenuestros ajenos. Del alcalde Federico Gutiérrez (@FicoGutierrez) para abajo, concejales y funcionarios de su movimiento se reparten galardones por un proceso que poco les debe, y ese reparto, además de injusto, es falso. Mientras la administración de Daniel Quintero (@QuinteroCalle) convertía el conglomerado público en botín, Fico y varios de los hoy concejales de su grupo andaban en otra cosa, entre la campaña presidencial y sus negocios privados. En esos años oscuros no se les vio coraje en la trinchera. Fico volvió a La Alpujarra por un hecho circunstancial, el hartazgo de la ciudad con el hermano del hoy procesado, y lo capitalizó casi sin moverse. Que las entidades que hoy dirige actúen como víctimas en el proceso es una obligación legal, y cumplirla no lo vuelve autor de nada. Las denuncias que el alcalde presenta como mérito propio nacieron en otra parte. El grueso de los procesos que avanzan contra la presunta estructura que capturó la administración de Medellín responde a investigaciones de ciudadanos y activistas que denunciaron cuando hacerlo costaba caro. Les cayeron procesos judiciales y ataques desde la cuenta del propio alcalde, que los tachaba de oposición disfrazada. Las más destacadas las impulsó la asociación Todos por Medellín (@TodosXMedellin), dirigida desde su fundación en 2020 por otra columnista de esta casa, Piedad Patricia Restrepo (@piedadrestrepor). A comienzos de 2023 la veeduría ya sumaba trece investigaciones en curso en la Fiscalía nacidas de sus denuncias. Y ojo, que una medida de aseguramiento no es una condena, y el juicio que viene necesitará a quienes documentaron los hechos. Piedad ya no está al frente. Dejó la vocería en septiembre de 2025 y hoy la encabeza Hernando Muñoz (@HMSmipalabra), junto a varios de los profesionales que hicieron posible el control social a la pasada administración. Allá siguen, trabajando con las uñas y levantando la voz donde pueden. Aun así, el espacio luce marchito y menguado. Razones para vigilar sobran en Fico II, empezando por el reclamo que la propia veeduría le hizo a un Plan de Desarrollo que llegó sin estrategias anticorrupción. Pero a quienes la sostenían se les fue el ánimo. Con Quintero derrotado, a ciudadanos y empresarios se les bajó el cortisol y la veeduría quedó reducida a una vocería menor. Hoy su continuidad no está clara. La veeduría depende de pocos financiadores, y su consejo asesor reúne a empresarios cercanos a Fico, algunos de ellos aportantes de su campaña. Una veeduría que solo recibe oxígeno cuando gobierna el adversario termina por darle la razón a Quintero, que siempre la acusó de ser instrumento de oposición. Dejar morir a Todos por Medellín sería regalarle ese argumento al quinterismo y perder el ojo crítico que debe permanecer sin importar el color de la administración ni su afinidad con los círculos de poder. Qué gran error cometerían la ciudad y sus generosos patrocinadores si la dejan apagar. Les toca renovar la financiación con un compromiso de varios años y blindar la independencia del consejo asesor frente a la Alcaldía, por amigable que les resulte el alcalde. Las universidades de la ciudad pueden poner sus consultorios jurídicos y sus semilleros a revisar contratos de la mano de la veeduría. Los ciudadanos y empresas que celebraron la caída de Quintero tienen la opción de afiliarse y aportar, aunque sea poco, para que el control social no dependa de un par de chequeras. Y los concejales que hoy se cuelgan medallas ajenas harían bien en apoyarla y escucharla con la misma atención con que posan para la foto. La veeduría que destapó a Quintero tiene que seguir viva para vigilar a este y a los siguientes, vengan del partido que vengan.
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¿Cómo pueden creer que se oponen a la paz? Por: @mariod2118 ¿Oyeron ya a Mauricio Gaona? Hay que oír a Mauricio Gaona. El doctor Gaona —lo recordarán ustedes, paseándose por los medios, embebido en su hálito constitucionalista, graduado de experto en todo o casi todo, advirtiendo sobre todos los peligros que corría Colombia—, ese mismo doctor Gaona —el que buscó censurar una película que ficcionaba sobre los hechos del Palacio de Justicia porque no le gustó lo que la ficción decía sobre un personaje basado en su padre—, ese aplaudido académico y celebrado escritor, en su perfectísimo inglés con el que habla en la ONU donde es embajador —porque le parecerá mejor que hacerlo en su materno español—, dijo: «No somos un país que goce de los beneficios de un proceso de paz, más bien al contrario, encaramos algunas de sus consecuencias», porque el doctor Gaona confunde lo que se ganó con el Acuerdo con lo que se perdió por meterle palos en la rueda a la implementación. Dijo más, en su muy pulcra pronunciación del idioma de Trump, porque pensará él que su audiencia es el mundo y no esos 50 millones de colombianos hispanoparlantes a los que representa ante la ONU: «Quisiera desmantelar las falsas narrativas y las falacias que han podido escuchar de aquellos que se han beneficiado más del proceso de paz…». ¿Quiénes pensará el doctor Gaona que se han beneficiado más de ese cese de los disparos y el silencio de los fusiles sino la población civil, los que pudieron buscar y encontrar a sus muertos, los que se salvaron, durante un corto periodo en que fue posible la esperanza, de ser víctimas o volverse victimarios? Y agregó Gaona que mienten esos que dicen que el proceso de paz en Colombia es un modelo para el mundo. Dijo todo eso en una sesión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, en la que se renovó el mandato de la Misión de Verificación del Acuerdo de Paz hasta octubre de 2027. Allí cumplió la tarea que le asignaron: pedir que la ONU mire solo hacia donde ellos quieren que mire y se olvide de revisar qué está pasando con la reforma agraria, con la tierra, porque, parece que mandan a decir ellos, eso no tiene nada que ver con nuestras violencias. Previamente había presentado el aviso o la advertencia de siempre: que aquí nadie se opone a la paz. Que cómo se nos ocurre pensar que eso es posible. Y habló en francés, en inglés y luego se acordó de hablar en español. ¿Será también Gaona hiperpolíglota como dice de sí mismo el otro funcionario del Estado conocido como el Niño Poeta? Y sin embargo, ahí está Gaona, sentando en su silla en la Organización de Naciones Unidas nombrado embajador por el presidente que no ha escondido ni una sola de sus recientes malquerencias contra el proceso de paz, diciéndoles a los países del Consejo de Seguridad que nada bueno salió de sentarse a conversar para ver cómo dábamos fin a una de nuestras tantas guerras. No les dijo, claro que no, que si convertimos esos días de esperanza en estos días de sobrevuelos, combates y bombardeos, no fue porque matáramos el tigre y nos espantáramos con el cuero, es que ni siquiera nos interesó el cuero y la implementación de lo acordado, gobierno tras gobierno, fue una suma de pocos y desacertados esfuerzos, cuando no de decisiones malintencionadas. Y entonces hoy hay quienes esperan que todo se solucione como se intentó solucionar antes: a bala. Recordé una de esas frases en latín que llevan siglos apareciendo de vez en vez para recordarnos que la historia es una espiral larguísima de la que intuimos el inicio pero somos incapaces de verle el fin, una frase que recogió el historiador y senador romano Publio Cornelio Tácito en su Vida de Julio Agrícola: «Ubi solitudinem faciunt, pacem appellant». La frase, dice Tácito, la dijo un tal Calgaco, un líder caledonio, antes de una batalla contra los romanos: «Hicieron un desierto y lo llamaron paz». Hay que ver la gran capacidad desertificadora que tienen algunos y el ansia de desertificar que exhiben otros. A veces, corremos con tan mala suerte que se encuentran y ganan elecciones.
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No máquina, usted no es la escritora Por: @CamilaAvril Desde la noticia de que la novela Dónde el agua trabaja podría haber sido escrita con IA, la pregunta cae como si fuera una hoja del otoño (escribo mientras afuera llueven hojas casi naranjadas, casi amarillas, casi verdes, de un árbol preparándose para el frío): será posible, por qué. Qué es ser un escritor. No es solo una hoja del otoño cayendo en mi cabeza: son muchas. Es una tormenta. Quiero creerle al escritor, a David Silva Rojas. Le creo. El quiero es miedo. A que primero se le crea a la máquina: porque la máquina lo dijo, porque la máquina es casi infalible, porque cómo se va a equivocar la máquina, por la posibilidad del engaño. Y si la máquina aprende a escribir como yo. Y si no bastan mis silencios, mi escritura rápida, la mezcla de personas, las experimentaciones en la página, quitar toda la puntuación, no poner rayas de diálogo, no poner comillas, romper todas las reglas gramaticales que me sé. Y si no alcanza mi historia y la máquina dice que a ella también le mataron al padre, que ella también se ha pasado horas escribiendo, horas doliéndole adentro para que salga una frase, un gritito disfrazado. Reviso que tenga los borradores del libro que llevo cuatro años escribiendo, quizá son cinco: ¿Serán suficientes diez archivos? Tienen nombres distintos. Hay unos que dicen final, este sí, por fin, y no han sido. Porque estoy segura de que solo he abierto ChatGPT para estudiar francés, para preguntarle por alguna cosa gramatical del inglés. Yo estoy segura, ¿pero el resto, estarán seguros los demás si una máquina llegara a acusarme? Tendré que poner una cámara que siga a mis dedos, que muestre que en enero, cuando llevaba cien páginas de la quinta reescritura y estaba muy conectada escribiendo todos los días, que fluía, de pronto Word (porque yo todavía escribo en Word) se cerró y lo borró todo y quedé mirando las primeras treinta páginas que había guardado cuando no se me había olvidado de que uno debe hacer copias continuas. Todas son preguntas. Google, voy a tener suerte: Cómo guardar la tristeza en un tarrito, dónde guardarla por si alguien pregunta, por si alguien duda, alguna vez, de que yo escribo. Porque es simple, pero parece que hay que explicarlo: si uno quiere ser escritor, si uno es un escritor, no está interesado en que una máquina escriba por una: ni una palabra. No quiero que me dé ideas ni me sugiera el cambio de una coma. Eso no hay que analizarlo. No tenemos que plantearnos lo obvio solo porque esta es la era de la inteligencia artificial y como ya está entre nosotros, abracémosla. Las preguntas no son sobre escribir o sobre quién quiere escribir. Porque puede que haya gente que prefiere saltarse eso de ponerse frente a la hoja en blanco y no saber qué hacer, ni que le duela, y saltarse la reescritura y ver qué pasan un año y dos y tres y nada que sale. Puede que haya gente que quiera ser el director de un libro y darle ideas a la máquina para que lo escriba. Puede incluso que haya quienes quieran que el libro sea todo de la máquina. Está bien, puede pasar, pasa, y no hay que ser ingenuos. Pero a esos hay que llamarlos de otra manera (escribano, escribiente, director de libro, habrá que pensar) y necesitamos que nos lo digan, que lo acepten, que sean sinceros: quiero tener el derecho a saber y luego a elegir si voy a leerlos. Por ahí van las preguntas: por la ética, por la sinceridad, por la corrupción literaria, como lo llamaron en una carta firmada por Liliana Colanzi, Mariana Enriquez y otros escritores, en la que señalan un problema importante: el empobrecimiento de la escritura y la lectura, y en que quizá estemos llegando a un momento en el que es cada vez más difícil reconocer la escritura artificial de la IA, por lo que ningún lector está exento de caer en el equívoco. El escritor Juan Villoro se hace otras preguntas en un artículo de opinión en el diario Reforma: “La IA se alimenta en exclusiva de textos escritos por nuestra especie. ¿En qué medida puede diferenciarlos de las falsificaciones artificiales? Y, más aún, ¿es válido que la definición de lo humano esté en manos de un mecanismo?... Estamos ante un nuevo fenómeno: el de la maledicencia artificial, provocada por las sospechas y las hipótesis no comprobadas que los robots siembran en los inermes seres humanos”. No van, entonces, por renunciar a escribir o aceptarlo sin más. No es un acto de resignación. También quiero que me crean: yo lo escribí. Salió de mi cabeza. Cuando uno es escritor, o quiere ser y, sobre todo, apenas está empezando y tiene cero libros publicados o uno (pueden ir a buscar mi primer libro de poemas, Tal vez a las cinco, y así le ayudan a que no esté tan solitario), todo es una incertidumbre. Cualquier cosa puede cerrarte la puerta (en cuál círculo del infierno andará David Silva Rojas, buscando las pruebas para que le creamos). No es un mundo fácil este de escribir, y menos cuando hay tantos diciendo que son escritores. Pero ahí está la diferencia (fundamental para el uso o no de la máquina): escriben o quieren la parte de los reflectores y los aplausos. Yo no quiero leer un libro escrito por la IA. tampoco que la IA diga, que intente sentir, que también le mataron al papá. Solo por empezar. Me niego a que mi historia sea su historia.
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El Lula colombiano Por: @SantiHenaoC Para escuchar leyendo: Coplas a Fray Martín, Chabuca Granda. Tras el triunfo de @Lulaoficial, en Colombia todos quieren subirse al barco. A la izquierda le gustaría que aquí se hubiera votado como allá, al centro le gustaría tener un Lula colombiano, y a la derecha tradicional, uno parecido para debatir. La nueva derecha la sospecho tranquila con su ausencia. Pero todas olvidan que Lula no es solo una persona: es un proceso. El PT nació de los sindicatos metalúrgicos a comienzos de los ochenta. Perdió elecciones durante dos décadas, aprendió a negociar, a tejer alianzas y a gobernar con quienes no pensaban igual. Llegó al poder en 2003 con una izquierda que ya había pasado por el aprendizaje. Esa madurez no se improvisa ni se importa. La izquierda colombiana no tuvo ese lujo. Entró al siglo sobreviviendo, escondida o exiliada. La Unión Patriótica fue exterminada por la ultraderecha, y lo que sobrevivió fue minado desde la ultraizquierda, que le regaló al país el argumento perfecto: si ser de izquierda es lo mismo que empuñar un fusil, ser de izquierda es peligroso. En Colombia la palabra “guerrillero”, que es sinónimo de “terrorista”, lo fue también de cualquier idea progresista. Ningún partido madura bajo esas condiciones. La izquierda enterró a sus dirigentes cada década, no formó cuadros, formó mártires. Ahora bien, con esa realidad puesta de presente, breguemos a entender por qué se lee tanto por estos días que necesitamos un Lula. Una izquierda moderna debe entender que el muro de Berlín cayó, y también que no conquista indecisos hablándoles de la metafísica del alma de la pacha mama. Tampoco ganará exigiendo el voto como certificado de bondad moral, como si quien piensa distinto fuera peor persona. Persuadir no es sermonear. El votante que decide en la segunda vuelta no busca un guía espiritual: busca que el bus pase a tiempo, que el hospital atienda, que el arriendo alcance. (En este punto, suscribo casi a totalidad la buena columna de mi compañero Juan Carlos Bolívar @juancarbolivar “La izquierda que sí remonta”). Esa izquierda puede empezar con tres cosas fundamentales. Primero, cifras antes que consignas: saber de dónde sale la plata y cuánto cuesta cada promesa. Segundo, instituciones antes que caudillos: partidos con cuadros, reglas y relevo, no movimientos que dependen de un solo apellido. Tercero, la capacidad de ganar sin humillar: gobernar para el que no votó por vos es lo que distingue a un proyecto de un bando. También debe reconciliarse con la producción, la empresa y el campo, y dejar de tratarlos como sospechosos. Lula gobierna con banqueros y con sindicalistas, y por eso logró algo que nunca se había registrado en la historia democrática de Brasil, remontar una derrota en primera vuelta. Por eso lo de “el Lula colombiano” me parece un error de enfoque. No necesitamos un hombre, necesitamos décadas de construcción que nos robaron en parte, y que debemos empezar sin esperar a que nadie nos haga el favor. Quien busque un Lula en el espejo de este año encontrará un disfraz. Quien busque liderazgos, partidos y paciencia encontrará, ojalá, el comienzo de algo. ¡Ánimo!
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Sostener las estrellas Por: @catalinafrancor "La importancia de ponerle rostro humano, rostros humanos, a la palabra patria". Luis García Montero. No sé en qué momento perdimos la dulzura. La capacidad de mirar sin veneno. Normalizamos calificar a quien elige pensando en el bien común —o simplemente en el ajeno— de idiota o iluso o “comunista” (!), como dijo Susan Sarandon que la llaman a ella, agregando que así es como les ha dado a muchos por describir a quienes consideran locos. La comodidad de llamar locura a lo que no se comprende. Que lo humano sea hoy sinónimo de absurdo define nuestro tiempo. Así como que la insania les parezca lo cuerdo a ciertas tristes mayorías. Recordaba Javier Cercas que el nombre de su columna, Palos de ciego, surgió de una idea de William Faulkner: “La literatura tiene el mismo impacto que una cerilla encendida en medio de un campo en medio de la noche; la cerilla ilumina relativamente poco, pero nos permite ver cuánta oscuridad nos rodea”. Algunos pasamos por locos o inocentes porque, a la hora de elegir a nuestros gobernantes, visualizamos por ejemplo la profundidad de la selva amazónica con sus árboles centenarios, sus delfines rosados y osos perezosos, sus 1.300 especies de aves, sus ríos voladores vitales para el clima del planeta y para respirar y cultivar, y sus más de 400 pueblos indígenas que llevan cerca de 14.000 años conviviendo con la naturaleza. ¿Saben? La Amazonia es lo que es gracias a la magia que ha surgido entre la naturaleza y esos pueblos indígenas, que la han transformado en un jardín ancestral, coexistiendo con el entorno sin destruirlo, sembrando selectiva y sabiamente, y moldeando la selva de forma tan sostenible que los científicos modernos investigan hoy su ingeniería ecológica como una clave para salvar el planeta. Debo traer estas palabras, caídas del cielo, de Juan José Saer en El entenado: “…esos indios ocupan, invencibles, mi memoria. No puedo verlos separados del cielo inmenso, azul y luminoso, que a la noche se llenaba de estrellas. Cuando no había luna eran infinitas, enormes y chisporroteantes. En invierno, verdes, azules, violetas, rojas, amarillas, gélidas, cintilaban. Ahora me doy cuenta de que si estaban ahí, rodeándonos como a una franja delgadísima de pavor, ignorancia y palpitaciones, era porque los indios, a cada momento, sin tregua, las sostenían. El gran río, que las duplicaba, llenándose a su vez de destellos, corría hacia el sur con el aliento que ellos le daban, y los árboles, a cada primavera, reverdecían porque la sangre de los indios se confundía con su savia. Pagaban, día a día, hasta el desgaste, el precio inacabable que costaba haberse arrancado a medias de una cuna pantanosa que les dejó, para siempre, un sabor a extravío”. Miren, yo no les pido que sientan todos poesía, que les sonría el alma oyendo cantar a los pájaros y que ese canto sea genuinamente una de sus razones para vivir, ni tampoco que tiemblen al oír una motosierra destrozando el universo que es un árbol. Pueden simplemente partir de que si la Amazonia muere, la vida de sus hijos será un infierno. O, si lo prefieren, préstenle atención al Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz que, sobre ese que huyó al perder como huyen los criminales, anticipó: “sin medias tintas: si gana Bolsonaro, el desempleo aumentará, el crecimiento se desacelerará, la pobreza crecerá y la situación de la clase media empeorará”. No crean en promesas milagrosas, esas sí ilusas, locas, comunistas. Por lo general, cuidar pacientemente la casa y a sus habitantes enaltece la vida de todos. Valdría la pena que, desde la particularidad de cada mirada, tuviéramos presentes estas ideas de Nuria Labari: "La violencia iguala todas las cosas porque todas las destruye, también la infancia, también la conciencia, también la democracia" y "si te toca ser niño en un mundo como este, lo último que debieran quitarte tus padres es la capacidad de ponerte en el lugar del otro". Escribió Luciana Peker (refiriéndose al discurso vomitivo de Milei): "Pero no veo la hora que se pase esta turbulencia y que volvamos a aterrizar a una convivencia donde la amabilidad sea una buena palabra. Bendita la posibilidad de pronunciar una idea sin dejar la vida a cambio". ¿Saben? El mundo sería extraordinario si miráramos con más dulzura, si enseñáramos a los niños a ponerse en el lugar del otro en vez de hacerlos crecer odiando a quienes odiamos a partir de nuestra propia ignorancia, si les mostráramos que la violencia es la fuente de la sangre que no queremos derramar, si les posibilitáramos esa cerilla encendida para comprender la oscuridad y ensancháramos su vida entrenando su mirada en la contemplación de la belleza, que es la que sostiene el universo: si les enseñáramos a sostener las estrellas.
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La víctima que no llama Por: César Herrera De la Hoz El Gaula se creó hace treinta años para atender a una víctima que pide ayuda. Una familia recibe una amenaza, llama a la línea y un grupo mixto de policías, militares y fiscales entra en acción. La extorsión de hoy, en muchos casos, no produce esa llamada. Con la misma palabra se nombran negocios distintos. Desde el patio de una cárcel, un interno marca miles de números hasta que alguien paga. En un barrio, una cuota pequeña y semanal sostiene la presencia de un grupo. En una ruta de buses, el cobro determina quién puede trabajar. En el campo, se paga por producir o por no ser atacado. Cada uno tiene su propia lógica, su propia víctima y su propia forma de pagar. Es una renta alta y de bajo riesgo. Quizá no sea la más rentable del crimen organizado, pero sí una de las más constantes: una vez establecido el cobro, se repite y quien lo impone arriesga poco. Y deja algo más que dinero. Quien cobra pasa a decidir quién puede trabajar, qué se permite y cómo se resuelven los conflictos. Esa doble ganancia, el dinero y el control, explica por qué es tan apetecida. Como se vive de maneras distintas, se denuncia poco. Quien paga una cuota pequeña muchas veces no se siente víctima de una extorsión. Siente que compra tranquilidad. Otros pagan por miedo, o porque no creen que denunciar sirva. Las estimaciones oficiales sugieren que la gran mayoría de los casos nunca se registran oficialmente. El Gaula tiene un diseño que ha dado resultados. Nació con el secuestro como modelo: una línea de denuncia, un equipo unificado que reacciona y un fiscal que dirige. Con la víctima que llama, puede capturar en el momento del cobro o desmontar una red de llamadas desde una cárcel. Su punto de partida es la denuncia, y por eso el reto es llegar a la extorsión que no la produce. La pregunta útil, entonces, no es si el Gaula está preparado. Es qué se necesita para llegar a la extorsión que no se denuncia. Esa parte del problema pide otras vías de entrada, como el rastro del dinero, el mapa de los cobros por barrio y el análisis de las llamadas que salen de las cárceles. Eso exige inteligencia financiera y territorial que complemente su trabajo. Exige también medir distinto: además de las capturas, cuántas terminan en condena y cuánto baja el cobro en el territorio. Un documento de política con metas medibles, como el que propone el DNP, sería un primer paso. El Gaula seguirá siendo la respuesta para quien se atreve a llamar. La pregunta para los próximos años es qué hará el Estado por quien paga en silencio, que es la mayoría. Esa persona vive cerca de un grupo que la conoce y lejos de un Estado que todavía no la ve. Cerrar esa distancia no depende de esperar la llamada, sino de llegar antes, con información y presencia en el territorio. Mientras eso no ocurra, la extorsión seguirá cobrándose a plena vista y casi sin dejar registro oficial.
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Cuentas claras para Medellín Por: @piedadrestrepor Ha generado ruido en Medellín el anuncio de que EPM no transferirá lo planteado en el plan financiero del Plan de Desarrollo para el 2027, fruto de unas menores utilidades proyectadas para el segundo semestre de este año. Aproximadamente un billón menos, que impacta directamente la inversión de la ciudad. El ruido no solo obedeció a este desfase sino al anuncio de que el Distrito terminará endeudándose más, justo para cubrir las menores transferencias, así como también  por las razones expuestas para dicha reducción: Afinia y el fenómeno del Niño. Las inquietudes surgen porque solo hasta el momento de llevar al Concejo el proyecto de acuerdo para el presupuesto de la ciudad en 2027 se conoció la situación por la que atraviesa @EPMestamosahi. No hubo alarmas previas, pero tampoco los argumentos expuestos son sólidos y dejan claridad sobre el panorama para el Distrito y para la empresa que más recursos le reporta. La situación financiera de Afinia no es nueva. Es de público conocimiento las dificultades que ha atravesado la empresa, más allá de las denuncias por posible corrupción de la anterior administración. Desde la veeduría Todos por Medellín se expresaba desde 2024 los compromisos en que estaba incurriendo EPM para apalancar a Afinia: “Si bien la empresa muestra una generación de flujo de caja operacional, este es insuficiente para cumplir las inversiones en activos fijos y mejorar la calidad del servicio y la pérdida de energía, por lo que la empresa ha debido acceder a créditos y préstamos de forma continua y en ascenso… Los créditos y préstamos bancarios muestran un continuo aumento, este dinero se ha destinado a la inversiones, no obstante los intereses pagados son altos deteriorando sustancialmente los resultados de la compañía. Entre 2023 y 2024, EPM le ha transferido entre préstamos y capitalizaciones $1,8 billones (Capitalizaciones $600.000 millones y préstamos $1,2 billones), situación que estresa el flujo de caja del grupo. (Todos por Medellín, Sept 2024, todospormedellin.org/afinia-…). Al adquirir Afinia, EPM se comprometió con la CREG a ejecutar unas inversiones billonarias. Entre 2021 y 2023, se cumplió con el 63,8% de lo planeado, para el periodo 2024-2026 se tenían compromisos por casi 2 billones (pesos de 2023), con lo cual era esperable que EPM debía respaldar dichas inversiones, como efectivamente lo ha venido haciendo. La otra razón esgrimida para las menores transferencias al Distrito es lo que tiene que ver con el fenómeno del niño, el cual empieza a plantearse como probable desde el primer trimestre de 2026, y fue declarado oficialmente por el IDEAM desde el 8 de octubre.  Se espera que vaya con fuerza hasta el primer trimestre de 2027 y pueda extenderse por todo el primer semestre. Así las cosas, era un fenómeno que estaba anunciado y sus consecuencias muy identificables por parte de EPM y el Distrito. Ahora bien, todo lo anterior debía ser recogido por el último Marco Fiscal de Mediano Plazo -MFMP- 2027-2036, presentado al Concejo para la discusión del presupuesto de 2027 del Distrito. Revisando el documento hay varios asuntos que es necesario ahondar porque dejan muchos vacíos. Atendiendo que la gran novedad es que las transferencias se reducen frente a lo presupuestado inicialmente, pasando de $2,7 billones a $1,55 billones, llama la atención que en el documento no se dé una explicación de los motivos detrás de la reducción. Es más, en el MFMP se establece que: “En conclusión, EPM cerró la vigencia 2025 con una estructura financiera sólida, adecuada capacidad de generación de utilidades y fortalecimiento patrimonial. La mejora en los indicadores operacionales y financieros evidencia una gestión eficiente; sin embargo, persisten retos asociados a la ejecución de inversiones, la sostenibilidad de las fuentes de financiación y la exposición a riesgos macroeconómicos y cambiarios, aspectos que deberán continuar siendo monitoreados estratégicamente.” No obstante, más adelante se contrasta este buen panorama con una caída de las transferencias para el Distrito del 43,7% y la única explicación es que el cálculo sale de la información brindada por EPM, bajo el supuesto de que se siga obteniendo el 55% de las utilidades (30% ordinarias y 25% extraordinarias). La opción que encuentra la administración distrital es endeudarse por encima de los presupuestado, así de acuerdo con el MFMP anterior 2025-2036, la ciudad se endeudaría en $400.000 en el año 2027, pero ahora esa proyección sube a $1,5 billones, esto es, $1,1 billones más de deuda. El resultado es que el indicador de sostenibilidad de la Ley 358 de 1997  estará por encima del límite legal del 100% entre 2027 y 2028. El argumento de la administración es que: “debido a una estrategia temporal y extraordinaria de financiamiento para infraestructura, lo cual eleva el Saldo de la deuda por encima de los recaudos corrientes, pero descartando cualquier escenario estructural de insolvencia en el mediano plazo”. En el MFMP 2026-2037 se dice que esos recursos de deuda irán principalmente a financiar  proyectos de infraestructura como el corredor vial de la 80, mejoramiento de escenarios deportivos, la modernización y operación del Estadio Distrital, entre otros. No obstante, en entrevista de agosto, el secretario de hacienda había afirmado que vía recursos obtenidos de alivios tributarios a los contribuyentes recaudaron más y pudieron financiar el Gran Parque Medellín y Primavera Norte, mientras en el caso del Estadio en estos años pudieron tener $454.000 millones para su financiamiento, aunque insuficientes para una proyección de un billón, que sería obtenido mediante una figura de Project Finance, de Alianza Pública Privada (El Colombiano, 28 de agosto de 2026). Así las cosas, al parecer los ahorros no fueron suficientes y si o si la Alcaldía está pidiendo que la ciudad se endeude más. El MFMP presentado al Concejo muestra inalterados los excedentes de EPM desde 2028 hasta 2037, con entre $3,1 billones hasta $5,5 billones anuales y un endeudamiento de la ciudad a partir de 2028 que no pasa de un máximo de $175.000 millones. En otros términos, la situación de Afinia se resuelve si o si en este año- cosa improbable- el fenómeno del niño no repercute en las finanzas de EPM en 2027, y la parecer el próximo alcalde contará con baja capacidad de endeudamiento, para que los resultados del índice de sostenibilidad de la deuda efectivamente tenga un quiebre estructural en 2029 y no sobrepase el límite legal del 100%. En la discusión en el Concejo ojalá se ahonde en estos vacíos de la información, en las proyecciones del Marco Fiscal de Mediano Plazo presentado y en la financiación de proyectos que no estaban contemplados en el Plan de Desarrollo Distrital como el Gran Parque Medellín y la modernización del estadio. Unas cuentas claras siempre serán la cuota inicial para dar mejores discusiones y tomar decisiones más conscientes y estratégicas para Medellín.
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¿Dónde están las feministas? Por: @Tania_Torres___ He leído esta frase tantas veces con los escándalos de los últimos días. @petrogustavo y su vida sexual activa, el caricaturista Matador refiriéndose a la primera dama y, como siempre, la pregunta de los sectores ultraconservadores: ¿ahora sí dónde están las feministas? Aquí estamos, para defender lo que es defendible y no para alimentar polémicas ni convertirnos en comentaristas de chismes. Porque parece que algunos esperan que las feministas salgamos a pronunciarnos cada vez que una mujer está involucrada en un escándalo político, pero solo si lo hacemos en los términos que ellos esperan. Sobre las burlas de Matador contra la primera dama, Ana Lucía, estoy de acuerdo en algo: ninguna persona debería ser motivo de burla por su apariencia física, mucho menos cuando quien lo hace tiene un canal con semejante alcance. No necesitamos simpatizar con una mujer, compartir sus posiciones políticas o respaldar al Gobierno para entender que su aspecto físico no debería convertirse en un argumento para humillarla. Sin embargo, me preocupa que estemos concentrando toda la discusión en las caricaturas y dejando de lado otras preguntas. Todavía hay asuntos por esclarecer sobre el Fondo Milagro, que se anunció como una iniciativa destinada a las víctimas del terremoto y cuya gestión se ha relacionado con la primera dama. ¿Qué pasó con esos recursos? ¿Qué explicaciones se han dado y qué cuentas están pendientes? Defender a una mujer de las burlas no significa renunciar a cuestionar su gestión pública. Las dos cosas pueden hacerse al mismo tiempo. Y lo ocurrido hoy en el Senado abre otra discusión. Que no se le permita a Matador intervenir, en medio de una controversia en la que se han invocado las burlas contra la primera dama y los señalamientos relacionados con su vida personal, merece una explicación que vaya más allá de la indignación política. Y es curioso que algunas de las voces que hoy se muestran tan preocupadas por la dignidad de las mujeres sean las mismas que utilizan el feminismo como arma arrojadiza contra sus contradictores políticos. ¿Dónde están las feministas?, preguntan. Estamos aquí, pero no para defender políticos ni para escoger a quién se le aplican nuestros principios según su partido o sus simpatías. No tenemos que salir a defender a una mujer de todo cuestionamiento por el simple hecho de ser mujer, así como tampoco podemos justificar las violencias contra ella por no compartir sus ideas. En estos días Gustavo Petro publicó un comunicado en el que rechaza los señalamientos sobre su vida sexual y denuncia que se está intentando invadir su intimidad. Hay una discusión importante allí. Defiendo la vida íntima de quienes hacen política, porque tener un cargo público no significa renunciar a todos los espacios privados. Ya es suficientemente agotador vivir bajo el ojo público para que, incluso después de dejar un cargo, la vida sexual siga siendo uno de los temas centrales de la conversación política. Suelten a Petro un rato y pónganle el ojo a la avalancha que se aproxima. Por supuesto, si existen denuncias concretas sobre posibles delitos o sobre el uso del poder público para obtener beneficios sexuales, deben investigarse. La intimidad no puede utilizarse como escudo frente a hechos de interés público, pero tampoco podemos convertir la vida sexual de una persona en un espectáculo ni dar por ciertas acusaciones sin pruebas. Una cosa es investigar posibles irregularidades y otra muy distinta es utilizar la sexualidad para humillar o desacreditar a alguien. Las feministas debemos pronunciarnos frente a las violencias contra las mujeres, independientemente de quién las ejerza o de quién sea la víctima. Pero eso no significa que tengamos que convertir cada controversia política en una causa feminista ni que debamos defender a una mujer en todas sus actuaciones. Y no, Jota Pe: la primera dama no representa a la mujer colombiana. Representa, tal vez, la idea de mujer que usted y algunos sectores de la ultraderecha quieren ver: una figura a la que pueden defender cuando les sirve para atacar a sus adversarios, pero cuya representación pretenden extender a todas las mujeres. Las colombianas somos mucho más que las esposas de los presidentes y que las figuras que ustedes convierten en protagonistas de sus disputas políticas. Las feministas estamos aquí. No para defender lo indefendible, ni para alimentar el espectáculo, ni para acomodar nuestros principios a la conveniencia de ningún sector político. Estamos para defender derechos, incluso cuando hacerlo no les conviene a quienes hoy preguntan dónde estamos.
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Disfraz de comandante en jefe para regalar el país Por: @MariantoniaRG El guion del presidente deja más preguntas que respuestas. ¿Tanta parafernalia qué está escondiendo? Algunos días, el presidente se pone atuendo de animador de eventos: lo vemos en las ruinas del terremoto con el casco puesto, jugando con radios, sonriendo. Pide aplausos y sonrisas mientras entrega falsas llaves de cartón y otro sartal de promesas. ¿Dónde queda el respeto por las víctimas y por sus duelos? ¿Dónde está el dinero que recibió la fundación de la primera dama? ¿Cuánto ha rentado ese dinero? ¿Cómo están usando los millones de dólares que prestó el Banco Mundial para atender los estragos del terremoto? ¿Cómo funciona (o funcionará) el Fondo Milagro? En estos días se denominó “comandante en jefe de las fuerzas armadas y del CTI”. Una noche en Medellín, otra en Bogotá. Todo debidamente documentado en video para redes sociales. Dice que llega personalmente a liderar los operativos contra la criminalidad, que ahora sí los delincuentes no van a dormir tranquilos. Más preguntas, porque no solo le falta seriedad al presidente, sino también a los mandatarios locales: ¿El presidente no tiene responsabilidades de más alto nivel que estar trasnochando en estas tareas? ¿Las fuerzas armadas solo funcionan si el presidente amanece trabajando con ellos? ¿Los alcaldes, los secretarios de seguridad, la fuerza pública son actores de reparto?, ¿cumplen cotidianamente con sus tareas contra la delincuencia o necesitan del espectáculo del presidente para mostrar algún pírrico resultado operacional? ¿Las capturas en estos operativos cumplen con el debido proceso? ¿Es necesario humillar a los capturados? ¿El presidente está armado en estos operativos? ¿Esos resultados son el tope máximo al que llega la capacidad institucional con sus grupos de investigación y con sus fuerzas armadas? ¿Entiende el presidente que no es “comandante en jefe” del CTI de la Fiscalía porque esta hace parte del poder judicial de nuestro país, en el que existe la división de poderes? ¿En qué se están usando los presupuestos de seguridad? Los resultados son mínimos frente al inmenso poder del crimen organizado: según estimaciones del Centro de Valor Público de EAFIT, solo por microtráfico y extorsión en Medellín recibe por lo menos un billón de pesos al año. Gobernar es menos divertido que una puesta en escena, pero es su responsabilidad. Ya es hora de que el Gobierno responda por cada peso donado o prestado y de que muestre resultados concretos en la reconstrucción. Es también el momento para que los alcaldes respondan por la seguridad de sus ciudades sin esperar que el helicóptero presidencial llegue cargado con el actor principal y su equipo de producción, y vacío de estrategias de seguridad sostenibles. Y aquí, se prenden las luces del teatro: entretienen al país con semejante espectáculo, posan, se ríen con descaro y mientras tanto, muy calladitos, desde el Gobierno van entregando la soberanía y los recursos del país. Sin ruido, el presidente firmó un acuerdo con Estados Unidos en el que entrega información geológica privilegiada para la explotación de minerales críticos y de tierras raras. Recientemente, revocaron la resolución que protegía el bioma amazónico, dejando absolutamente pavimentada la vía para la explotación de hidrocarburos en el Amazonas. El libreto es preciso: le dice a Estados Unidos “tranquilos, aquí estamos para servirles lo que necesiten”. Presidente, se está acabando octubre, el mes de los disfraces. Cada día se va haciendo más evidente quién es el actor y cuál es el personaje. El vestuario de presidente colombiano le está quedando tan grande que se le está cayendo, dejando a la vista el vestido de ciudadano de los Estados Unidos de Norteamérica.
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Pobre justiciero no sabe hablar Por: @TrujilloUrrea La condición vital de la política es la palabra. Esta idea parece tener su origen en Aristóteles. El “parece” de la frase anterior no es retórico. El registro civil de la imaginación humana es tramposo. Ha sido confeccionado respondiendo a las estructuras de poder, que deciden de manera arbitraria y siempre ancladas en relaciones de desigualdad, quién es el dueño de un concepto. Las dueñas se nos han ocultado. Dueña es también Hannah Arendt del logos como posibilidad de la política. Es en el encuentro con el otro, con su aparición a través del lenguaje, que es posible considerar los menesteres de lo común, la construcción de una casa habitada por todos y todas. La palabra, al decir de Arendt, es ambivalente en sentido filosófico. Permite el reconocimiento de la igualdad de los seres humanos, sin la cual no es posible pensar lo comunitario, y también la expresión de singularidades. Con la palabra podemos conocer la visión de cada individuo que compone el pacto colectivo. La palabra también es instrumental. Si podemos entender la singularidad de cada individuo haciendo uso de un logos común, la diferencia debería ser alentada por lo político, y tramitada cuando sea contenciosa. Por eso la violencia es la desaparición del logos, y en esa medida, de la política. De la idea de pluralidad también es dueño Bernard Crick, para seguir con el ejercicio muchas veces ridículo de los historiadores de las ideas y sus actas de nacimiento del pensamiento. Crick coincide con Arendt cuando afirma que la política aparece cuando se acepta dentro de un mismo territorio la existencia de distintos grupos con visiones del mundo contrarias. ¿Pero a qué viene esta semántica mínima de la política, el logos y la pluralidad? A que vivimos tiempos, no singulares en la historia de la humanidad, en los que hay una suerte de renacimiento del contrario político como enemigo total, como sujeto de eliminación. Estamos en una nueva época de justicieros que no saben hablar, de trámite violento de la diferencia. El espacio común en donde la singularidad de cada persona que se expresa con la palabra está siendo sepultado por una ola de rabia al distinto, que se alimenta a través de las redes sociales. En medio de esta marea de odio que amenaza lo político hay pequeños gestos que encienden una luz. Luiz Inácio Lula da Silva, en medio de un acto público de proselitismo, les pidió a sus seguidores respeto por la gobernadora de Pernambuco, una adversaria política, que estaba siendo abucheada por los seguidores del reelegido presidente de Brasil. En una manifestación similar Álvaro Uribe Vélez les dijo a sus acompañantes de plaza pública que coreaban su nombre, que en su presencia no les iba a permitir que insultaran al presidente de Colombia de la época, Gustavo Petro, su contradictor casi al grado de némesis. Es obvio, pero casi nunca lo es. Es señalar el sol para decir que es una estrella. Es perogrullo, pero el mundo parece estar empeñado en reabrir conversaciones que pensábamos cerradas. Hubo una sociedad antes de las redes sociales, de las olas de indignación y odio que buscan eliminar la condición humana del antagonista y en ese sentido, acabar con la política. Sin pluralidad, sin gestión no violenta de la diferencia, no hay política, no hay mundo posible.
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El Estado de servilleta Por: @Juanmigo08 Corría la última semana de 2024. Nochebuena ya había pasado y las personas se preparaban para recibir el nuevo año. Entre la maicena para los postres, el coco para la natilla y la masa de los buñuelos no había mucho más en qué pensar por esos días. La voz de Rodolfo Aicardi se escuchaba en emisoras, buses y supermercados. No había cómo escapar de ella. Ese ambiente festivo no se trasladaba al Congreso. El último viernes de ese año, mientras algunos ya se imaginaban bailando con Afrosound de fondo, fue aprobada una reforma constitucional que introducía el cambio administrativo más grande del país en este siglo. Palabras más, palabras menos, el Congreso aprobó ese viernes 27 de diciembre casi que duplicar el dinero transferido a municipios, departamentos y distritos mediante el SGP. Sin mucho rodeo ni alarde, en un escaso texto de cuatro páginas las entidades territoriales recibieron el año con la promesa de que serían el doble de ricas y el Estado central, vaya que asustado, con la tarea de financiar ese regalo. A casi dos años de ese suceso el país no cuenta con la Ley de Competencias que soporte —y viabilice— ese cambio. Es decir, se repartió la plata pero no se ha dicho qué responsabilidades se tienen que asumir con ella. Ante una reforma que movería COP 100 billones la respuesta institucional es un «ahí vamos viendo». Y más allá del dinero y las reglas, es inmensamente preocupante la transformación institucional que tendrá nuestra administración pública. Las capacidades de las administraciones locales se tienen que fortalecer, el monitoreo sobre el erario debe blindarse —y la respuesta para eso no puede venir desde la siempre lenta e inoportuna Contraloría—, la reorganización de la administración central tiene que preverse. No se está hablando lo suficiente sobre esta nueva ola de descentralización. Ni dentro del Estado ni desde la sociedad civil. Que no se les haga raro: Colombia está por pasar a ser un país cuasi federal.
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Afinia apagó la beligerancia del alcalde Por: @palaciotamayo La situación de Afinia es muy grave para Medellín. Ni siquiera en el año de la contingencia de Hidroituango se disminuyeron en esa proporción las transferencias a la ciudad. En esta ocasión hay un ingrediente adicional: al alcalde Federico Gutiérrez se le acabó la beligerancia con el gobierno Nacional. Es por eso que vale la pena preguntarle: Alcalde, ¿prefiere usted endeudar a la ciudad por más de un billón de pesos antes de tener conversaciones —y negociaciones— difíciles con el gobierno nacional sobre Afinia? Alcalde, ¿le da miedo hacerlo porque el Tigre puede ‘morder’ a su hermana, o a su primo en la Vicepresidencia o, quizá, a su candidata al senado que hoy es ministra de Trabajo y quedar así sin trampolín para su candidatura presidencial? Para la administración, las explicaciones de semejante debacle se reducen a dos sospechosos de siempre: la alcaldía de Daniel Quintero y el fenómeno de El Niño. “Es que @QuinteroCalle nos metió en el peor negocio”. Uno puede decir que fue una mala o buena decisión, hay buenos argumentos de ambos lados; pero lo que sabe todo Medellín es que sin esa decisión tomada entre el alcalde Quintero y el presidente Duque —en la que ambos cruzaron favores— no tendríamos el metro de la 80 en ejecución. Ahora, si el negocio era tan malo, no se entenderían las declaraciones del actual gerente de @EPMestamosahi, quien en repetidos espacios ha dicho respecto a Afinia: “vamos bien orientados y podemos cambiar la cultura; si cambiamos la cultura en la Costa se desatan muchas cosas buenas para ese territorio con el potencial que tiene”. Es iluso pretender entrar a un negocio con alta rentabilidad sin asumir riesgos. Era de conocimiento público el lastre de Electricaribe, así como el potencial de esa región para el país. Dominar ese mercado eléctrico le significaba a EPM hacerse con otra gran joya. En cuanto al pretexto climático, vale la pena traer un apartado del concejal Farley Macías “El Niño no firma anticipos. El Niño no aprueba presupuestos. El Niño no se sienta en la junta directiva, no fija las metas de Afinia, no decide qué se paga primero. Esas decisiones tienen nombre, cargo y firma (...) Lo que estamos presenciando es una contabilidad meteorológica: cuando las cifras no cierran, se mira al cielo”. Ahora, ante esta coyuntura, esperaría uno que la administración de Medellín renuncie a obras accesorias que pueden hacer privados —como la remodelación del Estadio—, o que busque cómo generar nuevos ahorros, pero acaba de aprobar también una reforma administrativa con una pesada carga burocrática por más de 12 mil millones de pesos en nómina al año. En fin. Sin Afinia en el portafolio del Grupo EPM, a lo mejor los estudios del metro de la 80 irían muy bien y las transferencias a Medellín hubieran alcanzado para hacer más piscinas con olas. De modo que lo primero es sincerar el debate y, luego, apretarnos el cinturón.
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¿De qué lado está América Latina? Por: @jfsuescun América Latina tiene más gobiernos de derecha, pero más habitantes gobernados por la izquierda. ¿De qué lado está, entonces, la región? La reelección de Lula (@LulaOficial) en Brasil, con el 51,79 % de los votos frente al 48,21 % de Flávio Bolsonaro (@FlavioBolsonaro), reabre una discusión sobre el mapa ideológico latinoamericano. Las victorias de Milei (@JMilei), Kast (@joseantoniokast), Noboa (@DanielNoboaOk), Fujimori (@KeikoFujimori) y Abelardo (@ABDELAESPRIELLA), entre otros, han alimentado la idea de un giro regional hacia la derecha. Pero ¿es suficiente contar presidentes para establecer la orientación política de una región? Le pedí a ChatGPT realizar un ejercicio comparativo. Tomamos 19 países latinoamericanos de habla española o portuguesa y excluimos a las dictaduras: Cuba, Venezuela, Nicaragua y El Salvador. El primer criterio fue contar gobiernos. Entre los 15 países seleccionados encontramos 11 gobiernos de derecha o centroderecha y cuatro de izquierda o centroizquierda. Bajo este criterio, predomina la derecha. Pero cambiemos la pregunta. En lugar de contar gobiernos, contemos habitantes. Brasil y México, gobernados por Lula y Claudia Sheinbaum (@Claudiashein), suman 346,6 millones de personas. Si añadimos Guatemala y Uruguay, encontramos que aproximadamente 368,9 millones de latinoamericanos (62 %) viven bajo gobiernos progresistas, frente a 225,7 millones (38 %) gobernados por derechistas. Cambia el criterio y cambia la conclusión. Podríamos incluso contar kilómetros cuadrados. Brasil, por sí solo, ocupa una extensión considerable del territorio latinoamericano. Sin embargo, esta medición reflejaría la distribución geográfica del poder, pero no las preferencias ideológicas de la ciudadanía. Intentamos entonces un cuarto ejercicio: sumar los votos de los tres primeros candidatos de las últimas elecciones presidenciales de cada país, clasificándolos por orientación ideológica. El cálculo inicial fue 122,80 millones de votos para candidaturas de derecha y centroderecha, frente a 122,45 millones para las de izquierda y centroizquierda. Apenas 346.000 votos de diferencia. 21,29 millones corresponden a candidaturas de centro o difíciles de clasificar. El ejercicio tiene limitaciones: las elecciones ocurrieron en años distintos, no incluimos todas las candidaturas y las identidades ideológicas no son homogéneas. Tampoco significa que quienes viven bajo determinado gobierno compartan sus ideas. Pero las cifras permiten cuestionar lo que se dice tan fácilmente: que hoy América Latina es de derecha. Robert Dahl, en ‘La poliarquía: participación y oposición’ (1971), explicó la importancia de la competencia y la participación para comprender las democracias. Una democracia no se reduce a quienes gobiernan: también comprende a quienes compiten, se oponen y aspiran legítimamente a reemplazarlos, además de los ciudadanos que votan por esos candidatos. América Latina no es tan de derecha como sugieren sus gobiernos, ni tan de izquierda como indica su distribución demográfica. Lo que sí resulta evidente es que ninguna mayoría electoral representa por sí sola la totalidad de una sociedad. Confundir la ideología de los gobiernos con la de los ciudadanos es confundir el ejercicio del poder con la democracia misma.
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¿Por qué Lula sí y Cepeda no? Por: @ramondelosrios Luego de la victoria de Lula da Silva, en lo que podría considerarse una heroica remontada, es preciso preguntarse por qué en Colombia la izquierda no pudo replicar algo similar, dado que ambas campañas se enfrentaron a supuestos de hecho, al menos en principio, muy parecidos. Tanto Lula da Silva como Iván Cepeda perdieron en primera vuelta y quedaron segundos. Ambos se enfrentaban al reto de remontar y, en ambos casos, se estaba sometiendo a las urnas la continuidad de un gobierno de izquierda. Sin embargo, Lula logró remontar, mientras que Cepeda no. Y aquí empiezan las diferencias. Mientras que en Brasil votar por Lula significaba revalidar directamente su gobierno, en Colombia Iván Cepeda representaba una imagen diferente a la de Gustavo Petro. Sin embargo, al parecer, esa relación entre Petro, Cepeda y la izquierda no logró construir una identidad clara, lo que pudo terminar pasando factura. Porque si bien Cepeda representaba una opción de izquierda, no logró desmarcarse de la imagen de Gustavo Petro, ni en un sentido positivo ni en uno negativo. Su identidad política terminó atrapada entre la continuidad de un gobierno y la construcción de un liderazgo propio. Otro factor que podemos analizar es el comunicacional. Mientras Lula entró en una disputa por la comunicación digital, la creación de una identidad en redes sociales y el uso de herramientas como WhatsApp y los mensajes de difusión coordinados y masificados, en la campaña de Iván Cepeda no se logró identificar una estrategia digital igualmente clara. Tampoco vimos a un candidato particularmente dinámico frente a las cámaras ni abierto a interactuar con ellas. Por el contrario, parecía resultarle incómoda esta nueva manera de disputarse la política en el ecosistema digital. Y en una época en donde buena parte de la conversación electoral se construye en las redes sociales, esa distancia puede terminar siendo costosa. Un tercer factor, también relacionado con la comunicación, fue el debate presidencial. En Brasil, @LulaOficial y Flávio Bolsonaro se enfrentaron en dos debates televisados. Allí ocurrieron episodios comunicacionales que lograron trascender las pantallas: el cuestionamiento por los nueve dedos de Lula, producto de un accidente laboral, y su respuesta cuando Bolsonaro le reclamó por el supuesto apoyo electoral de las personas privadas de la libertad, a lo que Lula respondió que esperaba contar incluso con el voto de su padre. Fueron acontecimientos políticos y comunicacionales que circularon más allá de los debates. No podemos demostrar en qué medida influyeron en la votación, pero sí que se convirtieron en parte de la conversación electoral. Por su parte, en Colombia, si bien Abelardo de la Espriella también fue reticente al debate, Iván Cepeda desde un inicio se mostró alejado de ese espectáculo comunicacional. En un escenario en donde probablemente tendría que responder por las decisiones de Gustavo Petro, tampoco pareció dispuesto a asumir esa confrontación. Vale la pena pensar qué habría pasado si Colombia hubiera tenido un debate presidencial entre ambos candidatos. Claramente, las realidades brasileña y colombiana no son las mismas. Sus electorados responden a intereses diferentes y sería apresurado atribuir una victoria o una derrota exclusivamente a la comunicación política. Pero la comparación permite identificar asuntos que hoy resultan fundamentales para cualquier campaña electoral. Ya no basta con ser un buen candidato en la plaza pública o tener un discurso político estructurado. Se necesitan candidatos capaces de desenvolverse en el ecosistema digital, identidades políticas claras, relatos construidos y estrategias de comunicación que comprendan las nuevas maneras en que las personas se relacionan con la política. Tal vez la diferencia entre Lula y @IvanCepedaCast no se encuentre únicamente en sus propuestas, sus gobiernos o sus adversarios, sino también en la manera en que cada uno logró construir y comunicar lo que representaba. Y es que hoy una campaña electoral no solo necesita convencer a la gente de que un candidato tiene razón. También necesita lograr que la gente entienda quién es ese candidato.
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